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Los Patas

Los Patas.
1.
Doce de la noche estoy solo en mi casa y leo el libro de los Nueve Cuentos de J.D Sallinger, no sé a ciencia cierta en qué momento empiezo a dormirme y la imagen de uno de los personajes de Sallinger cerca de una piscina empieza a transformarse en un mal sueño. Despierto y dejo el libro sobre el sofá, me prometo no volver a leer en un lugar tan cómodo y mucho menos estando tan cansado como lo estoy. Siendo lector es lo mínimo que puedo hacer.
La noche es el único momento en que puedo hacer uso de los dos analgésicos que hacen mi vida más llevadera, no imagino que sería de mí sin la suavidad del sofá y la compañía de lo leído. Pero el cansancio físico juega en contra mía, últimamente el peso de mis párpados es insostenible, termino leyendo cuando debería dormir y pienso en libros cuando tendría que trabajar. Decido renunciar a mi trabajo.
El necio de mi jefe no se sorprende cuando le comunico que abandono el barco.
– ¡Muy buena noticia! sépalo que sus compañeros y personalmente yo celebramos la depuración del personal y más cuando ésta es voluntaria, lo que no celebro es que me haya negado el placer de haber sido yo quien le notificara su despido. Buena suerte.
Mientras habla veo como mueve sus labios pero no escucho lo que dice. Pienso en el día que creí que era una buena idea trabajar en una biblioteca para estar más cerca de los libros y poder leer más. Recuerdo como el poco sueldo no me pareció un problema para aceptar el trabajo, total lo compensaría con el fácil acceso a los libros, con conocer a sus lectores, con acercarme a nuevos autores. Nada más lejos de la realidad; de los libros solo veo las letras de su sistema de clasificación, de los lectores solo veo los números que los identifican en la pantalla del computador y de conocer nuevos autores mejor ni hablar; descubrí que el gran volumen de los pedidos no pasa de los mismos 10 o 15 autores…
– ¡Oiga señor despierte! ¿Otra vez durmiendo? Justo cuando viene a renunciar. ¡Váyase de mi oficina en este instante! Sepa usted que en esta biblioteca no hay lugar para soñadores.
¡Tas! con un sonoro portazo mi ahora exjefe me despide. Sonriendo me alejo para siempre de ese lugar.

2.
Tres de la tarde, camino por las calles cercanas a la biblioteca. Hoy la ciudad está llena de tres cosas que no soporto: colegiales en grupo, el olor a salchichas hirviéndose y el ruido que pretende ser cumbia sonando en todos lados. No logro decidir si este es el peor o el mejor de mis días y la gente apretándose a mí alrededor empieza a asfixiarme. Recuerdo una frase que leí: “Un hombre cortés evita pisar la sombra de su vecino”. En esta tarde siento que una ciudad de espacios reducidos y gente que se empuja no es lugar para mí. Me detengo, respiro y acto seguido camino como puedo hasta la librería del vasco Zalabarria.
Finalmente logro llegar al viejo local de la calle cuarta y veo que la librería está cambiada. No logro recordar cuanto tiempo ha pasado desde aquel lejano día que vine por última vez. Donde deberían estar los volúmenes con los cuentos de Isaac Babel ahora hay códigos civiles; el mueble donde ví por primera vez un libro de Georges Perec es ahora usado para exhibir libros sobre vampiros adolescentes. De la antigua librería donde viví tantos momentos gratos en mi no tan lejana niñez ahora solo reconozco colgando sobre una vitrina la fotografía del abuelo del vasco Zalabarria en compañía del legendario anarquista Buenaventura Durruti. Me acerco al mostrador y desconcertado pregunto por el vasco. El encargado es un tipo de unos 20 años con su rostro cubierto de loción astringente, me pregunta mi nombre, me informa que el señor se encuentra en la trastienda y me pide que espere unos instantes mientras lo llama.
Minutos después el encargado regresa al mostrador y me invita a pasar.
-El señor Zalabarria lo espera adentro.
Camino por esa parte de la librería desconocida para mí y observo la novedad; muros cuya decoración es la mezcla de fotografías de ciclistas y escritores. Numerosas imágenes de ciclistas como Faustino Ruperez, el Perico Delgado, Txomin Perurena y José Berrendero se combinan con las de varios literatos entre las que distingo a simple vista el famoso retrato de Juan Rulfo sentado en el nevado de Toluca.
-¿Te interesan las fotos de las montañas?
Aparto mi mirada de la fotografía de Rulfo y con trabajo logro observar al señor Zalabarria sentado en una poltrona ubicada en la parte más oscura de la trastienda. La seguridad en su voz, su pelo canoso, la barba crecida y su descuidado anorak de alpaca me recuerdan a Fausto Cabrera haciendo el papel de Don Jacinto en La Estrategia del Caracol.
– Las fotos de las montañas no me gustan mucho, pero las fotos de escritores si que me interesan. Y le confieso Don Fermin que estas de los ciclistas no están nada mal.
– ¡Fíjate bien hombre! son fotos de montañas. ¡Puah! ¡Escritores y ciclistas! Pasaron los años y no se te quita ese feo vicio de la autoreferencia. Siempre viendo afuera lo que ya tienes adentro.
Observo nuevamente las fotografías y veo que el vasco tiene razón. En la fotografía de Miguel Induráin descubro majestuosas las montañas cercanas a Duitama, en otra fotografía veo a Heminghway en compañia de su esposa Marie Hadley Richardson esquiando felices en Gstaad, Suiza, también advierto un retrato de Robert Louis Stevenson posando frente a lo que parece ser una sequoia en algún bosque Californiano, igualmente veo una fotografía de Patrocinio Jiménez mientras escala con su bicicleta el Alpe d´Huez.
– ¿Ya viste las montañas o sigues viendo escritores y ciclistas?- Me pregunta el vasco.- Explícame mejor a qué debemos la visita del distinguido señor bibliotecario. Dime a que santo he de maldecir para quejarme porque el señor Borges haya recordado repentinamente visitar a su viejo amigo el librero.
Aunque habían pasado un par de años desde la última vez que lo ví, pudé observar que el humor del vasco se mantenía igual que siempre pues él bien sabía que en la biblioteca yo era simplemente un bodeguero. Lo suyo era un sentido del humor que nunca me gustó ya que sus chistes eran el tipo de bromas destinadas a destruir de una manera taimada la autoconfianza de las personas a quienes iban dirigidas.
Hablé durante un rato, le conté que había renunciado al trabajo en la biblioteca, le mencioné la razón por la que lo había hecho, los días interminables respirando ácaros poniendo mis manos sobre los libros únicamente para acomodarlos en las estanterías, enterándome del tipo de lecturas que prefería la gente, me quejé de todo, hasta de la bata color azul cobalto que usaba como uniforme, una bata que me hacía sentir como acomodador en una fabrica de galletas. Mientras yo hablaba el vasco me observaba en silencio. Descubrí en su mirada una indescifrable mezcla de reproche y aplauso. Paré de hablar, acto seguido el vasco tomó la voz:
– Toda una vida de sufrimientos y penurias la tuya. Si hasta me dan ganas de pararme e invitarte a que tomes asiento. ¡Por si no te diste cuenta acabas de describir mi vida! solo te hizo falta atinarle al color del uniforme, el que yo uso es de color café. No deberías quejarte tanto. Cuando tenía tu edad la vida me obligó a decidir. O las bicicletas o el trabajo. Ganó el trabajo y con el tiempo aprendí que había más libros que el de Juan Ramón Jiménez que leí en la escuela, aprendí que si haces con amor tu trabajo muy seguramente le encontraras el gusto, descubrí la manera de vencer la rutina haciendo diferente cada uno de los días de los 45 años que llevo en esta librería. ¿Quieres leer? Perfecto. Lee, pero no seas vago ¡que también hay que trabajar hombre!
-¡Señor Zalabarria que emotivo discurso! De no ser por que estoy con el rostro lleno de lágrimas me iba ya mismo de aquí a buscar un empleo. Con el debido respeto que usted y nuestra amistad merecen voy a preguntarle ¿Por qué debo oír los consejos de un viejo chocho que nunca siguió sus sueños?
-Pues hombre, debes oírme por que este viejo chocho acaba de pensar que es una buena idea que trabajes en su librería, últimamente las cosas no van bien por estos lados. El chico que te atendió en el mostrador vive en las nubes, con las orejas enchufadas al radio oyendo rock and roll todo el día. Tal vez nos haga bien el aporte de una persona tan industriosa como tú. Uniendo tu amor por el trabajo y mí agudo sentido de las relaciones comerciales quizás logremos que la librería salga adelante y vuelva a ser lo que solía en otros tiempos. ¿Qué dices? ¿Te animas? Si aceptas podrías leer, no todo el día pero en ciertos momentos no veo ningún inconveniente en que lo hagas. ¿Cuento contigo?

3.
Doce de la noche, tengo los brazos apoyados en el alféizar de la ventana de mi cuarto veo en el cielo las luminosas explosiones de los fuegos artificiales con los que la Alcaldía suele celebrar el 31 de diciembre, pienso que este fue un buen año. Nuevamente un suramericano volvió a ganar la vuelta a España y finalmente después de planearlo durante algún tiempo decidí viajar al Perú y conocer en Barranca la tumba del vasco Zalabarria.
Observando los destellos y las luces producidas por la polvora viene a mi mente la mañana en que llegué a Lima: me sorprendí al ver la neblina que cubría todo con una atmósfera blanca, recordé Moby Dick y como Melville atribuía a este velo blanco la causa por la que Lima es la ciudad más triste que pueda contemplarse. Personalmente, lejos de producirme tristeza Lima siempre me causó curiosidad y admiración, desde las Costumbres Peruanas de Ricardo Palma hasta la última carta que me envió el vasco Zalabarria todo lo que había leído sobre esta ciudad me hacía quererla. Deseaba ir a ver los grabados de Guaman Poma, caminar en el Parque de la Exposición, conocer la biblioteca de Barranco pero lastimosamente no había venido a Lima para hacer turismo.
En la terminal terrestre mientas espero el bus de Expreso Las Flores que me llevará a Barranca releo la última carta que me envió el vasco en la cual me informa sobre el éxito de su viaje en bicicleta por algunos lugares del Perú, también me da noticias de cómo visitó a su hermano Martxel en Chosica, de los días que pasó pedaleando más de 300 kilómetros para poder llegar al Santuario Nacional de Huayllay donde finalmente conoció el bosque de piedras del que le habló su padre. Me cuenta que la carta la escribe estando sentado cerca a una formación geológica con forma de elefante, de allí partirá rumbo a Barranca donde piensa terminar su viaje visitando a su hermana Paula. Finalmente me agradece por recordarle que a veces es bueno dejar todo atrás y hacer realidad los sueños. Guardo la carta en mi maleta y bebo una kola inglesa antes de abordar el bus.
En el televisor del bus pasan una película sobre clones que no quieren ser clones, prefiero observar el océano pacifico o lo que la neblina me deja ver, un acantilado, un aviso verde con la palabra Pasamayo escrita en letras blancas, a la orilla del mar veo una choza construida en estera que me trae a la memoria un cuento de Ribeyro. Recuerdo la mañana que recibí en la librería la llamada de Paula informándome sobre la muerte de su hermano; en cierto modo la noticia no me sorprendía, lo que si me sorprendió fue la causa de la muerte del vasco. No habían sido las llantas de un camión o alguna falla en los frenos de su bicicleta los culpables. Un extraño caso de reacción alérgica al parasito anisakis terminó con la vida de mi amigo. En esa llamada la voz de Paula no sonaba como la recordaba:
-Jamás pensé que un ceviche marinado pudiera ser peligroso, deberías venir a Perú a despedirte de mi hermano. Ya sabes que Fermín solo nos tenía a Martxel y a mi, y tú que lo has acompañado todo este tiempo. Ha dejado escrito su diario de viaje, estoy segura que le gustaría que tú te lo quedaras.
Al llegar a Barranca ví a Paula esperándome sentada junto a un quiosco de revistas. Ya la conocía personalmente pues algun tiempo atras ella había visitado la librería del vasco. Su saludo no fue efusivo pero tampoco distante, me pareció curioso que Paula no me reprochara por haber alentado al vasco a realizar su viaje y por acompañarlo a entrenar durante meses. En cierto modo me sentía culpable por ser cómplice en la aventura ciclística que mi amigo emprendió a sus 63 años y esperaba de ella algún tipo de reproche. Creo que en el fondo de mi corazón sentía que era un disparate lo que había hecho mi amigo pero también sentía admiración por la determinación con la que había llevado a cabo su empresa.
Fuimos a la casa de Paula, una hermosa construcción con vista a la playa de Barranca. Allí me habló durante horas acerca de cómo su familia se dividió, Fermín y su madre en Colombia; ella, Martxel y su padre en el Perú. Mas tarde caminamos por la playa mientras comíamos en silencio un helado D’Onofrio, al llegar al final de la playa fuimos al puesto de ceviches Los Patas el lugar donde el vasco disfrutó su última comida.
Los Patas es un local con piso de madera lleno de arena, parece frecuentado por surfistas que se reúnen allí para tomar Cerveza Cristal y oír el reggae de Danakil. Pensé que un lugar así no era el tipo de sitios frecuentados por el vasco, pero no me sorprendí, los últimos días de su vida fueron un compilado de actividades atípicas. Lo imagino comiendo ceviche mientras observaba el océano pácifico. De inmediato vino a mi memoria el cuento Teddy de Sallinger y pienso en la cita a la que no podemos faltar así debamos acudir a ella en un sitio como Los Patas.
Explotan los fuegos artificiales sobre la ciudadde Bogotá, el año termina, pienso en mi amigo vasco y en la oportunidad que me dió de vivir la vida que yo quería, recuerdo la recomendación que me dejó en su diario de viaje: “dedica a vivir por lo menos la mitad del tiempo que dedicas a leer”. Otra detonación de luces ilumina el cielo, sonrío, pues llevo diez años trabajando en la librería y ni la invención de los libros electrónicos ha logrado impedir que los lectores se acerquen. Abrazo a mi esposa y a mi hija, mañana será otro año.